“Andrés está con nosotros desde muy pequeño y para mis hijos es como un hermano más. Durante un tiempo arrastró traumas, tenía pesadillas o pasaba horas sin mirar a nada… Hay que tener el doble de paciencia, pero todo el trabajo, las preocupaciones y, a veces, el desánimo, acaban convirtiéndose en una recompensa al verlo sonreír, cantar, reír e incluso discutir. En definitiva, está muy feliz y para nosotros es una satisfacción comprobar lo que vamos consiguiendo poco a poco”.